LA FRASE

Me gustaría tener el tiempo necesario para disfrutar de tu compañía. Tú deberías tener la suficiente curiosidad para permanecer a mi lado y leerme de verdad.
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sábado, 8 de octubre de 2016

SENSACIONES


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Si sientes que ha llegado el momento de hacer algo, es bueno que lo hagas, aunque sólo sea por satisfacerte a ti misma.


El otro día una amiga me explicaba algo que le ocurrió hace ya muchos años, tantos que no le fue posible concretar cuantos. Me explicó que cometió un terrible error que la hizo feliz durante mucho tiempo, un error que la llevó casi a la locura e incluso que le ayudó a olvidar momentos tristes de su existencia. Ahora después de tanto tiempo recordaba aquellos días con la misma alegría que los vivió pero con la certeza que siempre formará parte de su pasado.

Era uno de esos encuentros fugaces de alguien con la que hace tiempo que  no hablas, y a quien no te atreves a preguntar más de lo que ella misma pretende explicar. Pero aquel monólogo íntimo de alguien que intenta redimirse, me ha llevado a pensar en la vida como un modo de recuperar sensaciones.

Cuando eres niña te aferras al amor de tus padres, a la sensación de recibir un regalo el día de tu cumpleaños o a la felicitación de la profesora de mates por aprenderte las tablas de multiplicar.

En la adolescencia tan sólo quieres retener, el primer beso, el primer momento de placer o el escalofrío que sentiste cuando el chico mas guapo te cogió de la mano.

Y entonces cuando estás a puto de pasar de la adolescencia y llegas a la edad adulta es cuando empiezas a pensar que tal vez todo está ocurriendo demasiado rápido. Acabas los estudios, trabajas la familia la pareja todo se mueve a una velocidad acelerada que no te deja retener esas sensaciones que tanto necesitas y que tanto estas esperando en el día a día. Pero aun en esos momentos frenéticos en que te pierdes tantos instantes felices, algo queda, aunque te das cuenta donde se guardan.

Los años pasan y las cosas empiezan a ser más lentas, el ritmo se hace más pausado y formas parte de aquellos momentos en que toca saborear, saboreas amistades, saboreas el amor, incluso el trabajo empieza a tener sabor, en ocasiones amargo, notas como la comida sabe distinta que hace unos años y el sexo cada vez es algo más placentero y más gustoso.

Creo que esto llega de diferente manera, porque todo va en función de lo que tenemos y como lo gestionamos. En unos días cumpliré 47 años y me siento tal y como quiero sentirme. Mis sensaciones son muchas y preciosas, algunas aunque extrañas se han instalado en mi y ya no puedo prescindir de ellas.

Como la mayoría también tengo momentos, pasado, recuerdos, errores a mi espaldas, pero en esto sí que me siento especial y diferente, mi sensaciones son tan únicas que pienso disfrutarlas y revivirlas cada día. Seguramente el día en que abra los ojos y ya no recuerde lo que sentía cuando los abría y notaba el sabor dulce y refrescante de la vida, ese día será el día en que deberé de dejar de sentir.








miércoles, 1 de febrero de 2012

LA CAJA DE LOS DESEOS


Las mujeres nacemos con una caja. Cuando venimos al mundo, cuando nos separan de las entrañas de nuestras madres, nacemos predestinadas a convertirnos en seres que los demás utilizan. Los padres, los maridos, los hijos, todos ellos quieren y necesitan un pedacito de nosotras. Al mismo tiempo nosotras nos vemos en la necesidad de desprendernos de trocitos de nosotras mismas.

Del mismo modo que las mujeres nacemos con rasgos físicos que nos hacen diferentes, también nacemos con una caja que nos acompañará durante toda nuestra vida. El tamaño de la caja depende de las ganas que tengamos de guardar cosas en ella. Las niñas nos pasamos nuestra infancia soñando, imaginamos como vamos a ser de mayores, imaginamos nuestra vida y a la persona a la que vamos a amar durante toda la vida, decidimos cuantos hijos vamos a tener, en fin llenamos la caja de nuestros sueños y poco a poco los vamos olvidando y arrinconando en su interior.

Pero a base de acumular y de olvidar nos vamos perdiendo en una vida diferente a la que estábamos predestinadas el día que nacimos. Olvidamos que somos seres extraordinarios, olvidamos que tenemos la obligación de observar nuestra belleza y mirarnos hacia adentro. Llega un día en el que tan solo nos miramos las arrugas o la celulitis, recordamos aquellos deseos de niña que nos hacía imaginarnos como modelos sacadas de las revistas. Pero nadie nos preparó para la verdad de nuestro futuro, nadie nos dijo que lo mejor que debíamos aprender, lo que más íbamos a necesitar era el amor que solo nosotras mismas nos podemos dar.

Cada caja es especial, única y exclusiva. En la tapa hay gravada una palabra, una que nos va a definir durante toda nuestra vida. Será la palabra que explicará cosas íntimas de nosotras, es la palabra que nos acompañará hasta el final de nuestros días. A algunas mujeres nos define nuestros actos, los que nos rodean aprovechan nuestra influencia y nuestro verdadero poder, pero tan solo aquellos que conocen la palabra que nos define, aquellos que han conseguido pronunciar la verdad de nosotras serán los únicos que sabrán realmente como somos y podrán llegar a querernos.

En estos momentos mi caja está en fase de inspección, durante mucho tiempo no he querido mirar en su interior, por supuesto he seguido guardando todo aquello que merecía la pena conservar e incluso creo que mi caja se ha ido haciendo más grande cada vez. Una de las cosas que he guardado con más cariño son mis pedacitos de pensamientos, las frases de las cosas que observo, de mis experiencias y de mis relaciones. En mi caja está gravada mi palabra, aquella que me define, aquella que desvelará todos los secretos sobre mi, aquella palabra que pronunciada en un susurro forma el todo de mi espíritu. Pero he descubierto que para llegar a la perfección, para conseguir el verdadero equilibrio entre lo espiritual y lo real debemos aprender a gritarla, debemos hacer que todos la oigan y que todos la conozcan, entonces seremos las mujeres invencibles, únicas y llegaremos a ser exactamente como estábamos predestinadas a ser cuando nos crearon.

El día que ya no estemos, aquel día en que dejemos de ser madres, esposas o hijas, aquel día será el momento de volver a mirar en el interior de nuestra caja, volveremos a reír con los recuerdos, volveremos a llorar con la tristeza, pero sobre todo, sobre todo, volveremos a amar.

jueves, 18 de noviembre de 2010

ORDENAR


Muchas veces me siento como un archivador. Un archivador es muy útil para poder ordenar la documentación, puedes separar las facturas de la correspondencia ordinaria, los contratos de las nóminas y los folios en blanco de los sobres y las etiquetas.

Yo también dispongo de clasificadores. En mi corazón se guardan los sentimientos positivos como el amor, la ternura o la alegría. En el estómago se archiva el miedo y el estrés. En las extremidades se guardan todas aquellas cosas que, para mí, son superficiales y que forman parte de la imagen que tienen los demás de mí. Pero la parte de mi archivador personal que reservo para las cosas más importantes, es el cerebro. En él guardo todos los recuerdos, las ideas, lo aprendido y lo olvidado, lo pensado y los secretos más ocultos. Para poder disponer de una buena distribución he destinado lo positivo en el lado derecho y lo negativo en el izquierdo. Me ha costado mucho tiempo desempolvar todo lo que estaba amontonado y apilado de cualquier manera, nunca había tenido la necesidad de ordenar mi cerebro para poder encontrar cualquier cosa que buscara en el momento en que lo necesitara. Un día me di cuenta que si seguía con aquel desorden, seguramente llegaría un momento que sería imposible convivir con aquel “kaos” mental, así que con ropa cómoda y arremangando mi camiseta, empecé a desempolvar, clasificar y, ¿por qué no? deshacerme de muchas cosas que conservaba en rincones inhóspitos y que ni siquiera era capaz de reconocer como mías.

Muchos días cuando intentaba ordenar algunas cajas llenas de recuerdos no podía evitar sentir melancolía , pero cuando conseguía embalarlas y las guardaba en el lugar adecuado, me sentía mucho más tranquila. Una vez he clasificado, ordenado, etiquetado y guardado cada cosa en su sitio, me resulta mucho más fácil buscar, encontrar y olvidar. En un principio había pensado destruir muchas de las cosas que guardaba y que me habían hecho sufrir en el pasado, pero en el último momento he pensado que era mejor conservarlas, muchas veces, los errores se cometen porque hemos olvidado los ya cometidos en el pasado. Pero eso sí, están guardadas en cajas especiales, de aquellas cajas herméticas y que resisten el paso del tiempo. Por otro lado, he decidido dejar mucho más a mano recuerdos que me han llenado de felicidad, y que por alguna razón estaban tan escondidos que hacía demasiado tiempo que no había pensado en ellos.

Ahora casi he terminado, cuando entro en mi cerebro me complace encontrar las cosas a la primera, todo está limpio, han desaparecido las telarañas y el ambiente ya no huele a cerrado. Justo entrando, sin tener muy claro si han de ir en el lado derecho o en el izquierdo, he dejado unas cuantas carpetas de diferentes colores. No he tenido valor para abrirlas y no estoy muy segura de lo que hay en su interior, así que creo que lo más sensato será llevarlas a un archivo definitivo, de aquellos que son tan secretos que nadie podrá consultar nunca y que permanecerá cerrado para siempre.