LA FRASE

Me gustaría tener el tiempo necesario para disfrutar de tu compañía. Tú deberías tener la suficiente curiosidad para permanecer a mi lado y leerme de verdad.
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jueves, 12 de mayo de 2011

BUSCAR



Puestos a buscar, tal vez estaría bien buscar cosas que valgan la pena. Algunos buscan respuestas a preguntas que no la tienen, otros buscan la razón de la propia existencia, y para una mayoría aun sin determinar, buscan cosas que no existen.

Hay quien busca criminales, otros buscan el mejor destino para las vacaciones y por qué no, también se pueden buscar el motivo de la existencia humana en nuestro planeta.

Pero hay algo que todos buscamos por pura supervivencia, buscamos al Peter pan que todos llevamos dentro y que con el paso del tiempo acaba por esfumarse.

Peter Pan, personaje inspirado en un niño real, que hacía de su vida un juego e hizo que el creador del personaje plasmara en un pequeño ser toda la esencia de la infancia.

Mantener la ilusión por las cosas que hacemos, reírnos de los demás y de nosotros mimos y hacer de la vida un juego lleno de aventuras, que incluye peligro, valentía, sueños y amor.

Cada vez son más los niños que nacen sin su Peter Pan interior, con mayor frecuencia de lo que nos gustaría nos sorprende ver como los niños se hacen adultos demasiado rápido. Olvidan como jugar, como luchar con los piratas y como utilizar los poderes fantásticos que poseen para enfrentarse con valentía al enemigo.

La obsesión de Peter Pan era no crecer nunca, no quería tener responsabilidades y pensaba que podría vivir eternamente sin ser adulto. Lo malo es que Peter Pan, como nos puede pasar a cualquiera, no era perfecto y pensaba que si crecía tendría que elegir entre ser un adulto aburrido, que siempre está enfadado y preocupado, o seguir siendo un niño que puede hacer lo que quiera, siempre en su mundo de fantasía.

Pero la realidad es muy distinta, muchas veces nos quedamos con la irresponsabilidad de un niño, pero con los inconvenientes de un adulto. Y tal vez sea mucho más sensato conservar la ilusión infantil, la capacidad de soñar y el ver amor puro de una simple amistad. También podemos elegir crecer y ser adulto pero manteniendo nuestra sonrisa, jugando cuando tenemos ocasión y sobre todo, manteniendo una postura responsable ante la vida.

Responsabilidad no es igual a aburrimiento, pero aburrimiento si puede ser igual a decepción, tristeza o fracaso.

Encontrar al Peter Pan deseado por todos es sencillo, simplemente tenemos que hacer alguna cosa que nos recuerde que seguimos manteniendo la ilusión de los niños. Explicar chistes infantiles y absurdos, jugar al escondite y esconderse detrás e las cortinas pensando que nadie nos va a encontrar, esconder alguna cosa y dejar que todo el mundo la busque desesperadamente hasta que no podemos aguantar la risa, hacer el ridículo sin pensar que nadie te mira o te juzga, y sobre todo encontrar la parte divertida de cualquier persona y en cualquier ocasión.

A medida que envejecemos descubrimos que nuestro Peter Pan no se ha esfumado, simplemente lo tenemos reprimido y no lo dejamos salir. Cando morimos de alguna manera volvemos a nuestro mundo de aventuras que todos inventado de niños.

“La muerte es el camino para recuperar nuestra inocencia.”

Tal vez deberíamos empezar a hacernos las preguntas que solía hacer Peter Pan:

-¿Quién de vosotros creen todavía en las hadas?

- El país de Nunca jamás ¿dónde está? "- La segunda a la derecha y todo recto hasta la mañana .

- ¿por qué cada niño tiene un hada?

Son preguntas sencillas que requieren respuestas simples.



domingo, 8 de agosto de 2010

SUEÑOS, RECUERDOS....


Caminaba por un paseo, bajo la sombra de frondosos árboles. Entre árbol y árbol el espacio era mínimo, de tal manera que sus ramas se tocaban. Todos a la misma altura, todos del mismo color, tonos de verde que se interponían a los rayos del sol. Una niña muy pequeña caminaba bajo ellos, era tan pequeña que apenas había empezado a caminar y cuando miraba al cielo para ver más allá, sus pequeños ojos sólo podían distinguir las hojas de los árboles. Su madre y su hermana caminaban más deprisa y ella quedaba rezagada, no había peligro, era muy temprano y hacía calor, no había nadie más paseando por aquel lugar y sólo pasaba algún que otro coche. Cuando el espacio entre ellas se hacía más amplio la pequeña intentaba correr, pero sus piernas eran demasiado cortas y regordetas y no conseguía caminar más rápido.

Llevaba un hermoso vestido muy cortito y de color blanco con calcetines también cortitos y zapatitos de color oscuro. La pequeña sonreía, le gustaba aquel lugar diferente y especial para un día especial. Le gustaba el largo paseo y le gustaba el no saber hacia donde se dirigía. Sus pasitos cortos hacía que se sintiera cansada, en alguna ocasión creía que la cogían en brazos y todo pasaba a cámara rápida durante unos instantes, pero entonces dejaba de volar y volvía aterrizar en el suelo.

Cuando vuelve a mirar hacía arriba los árboles han sido substituidos por altos muros de piedra, y aunque ya no había árboles, la altísima pared impedía que los rayos de sol la cegara. Al final del muro había una enorme puerta de hierro, y las tres nos paramos delante de ella, era tan alta que la pequeña no podía distinguir las figuras que habían forjado en el hierro, y eso la asustó. Al otro lado del muro y de la puerta había unas extrañas figuras que se movían sin pies, era como si flotaran por encima del suelo y lo hacían gracias a unas enormes alas que llevaban en la cabeza. A parte de los seres que flotaban, la pequeña vio a otro tipo de personas, casi todas estaban muy arrugadas, como cuando te estás demasiado tiempo dentro del agua, caminaban encorvadas o simplemente estaban sentadas sin moverse, sin hablar y mirando hacía ninguna parte. Apreté muy fuerte la mano que me sujetaba y entramos en aquel mundo nuevo para mí, los seres que me miraban no tenían caras y sus ojos eran de un solo color, sus pieles eran casi transparente.

Recuerdo que el jardín era bonito, pero no recuerdo flores de colores sólo había blancas, no había lugar para ningún color más. De pronto el jardín dejó paso a una gran sala, no había muebles y sólo unos grandes ventanales dejaban pasar la claridad del exterior. El suelo de la sala era de grandes cuadros blancos y negros, como si de un tablero de ajedrez se tratara. Uno de los seres misteriosos, de aquellos que caminaban sin pies delante de nosostras, con ayuda de las enormes alas que le salía de los laterales de la cabeza. Con cada paso los cuadros del suelo se hacían más grandes, con cada paso mis pies caminaban más despacio, hasta que finalmente llegamos al final y bajo una gran ventana había una mujer, era muy anciana y nos miraba con la expresión muy seria, no sonreía y tenía la piel tan arrugada que sus facciones habían desaparecido por completo.

Entonces sentí miedo.

De forma recurrente, he soñado muchas veces con esta secuencia de imágenes. En cada sueño añadía o quitaba algún elemento. En ocasiones el paseo era corto, otras veces era tan largo que nunca llegaba a cruzar la puerta que me llevaba hasta aquel jardín misterioso. Pero un día alguien me explicó que aquello no era un sueño, que se trataba de un recuerdo, tal vez es el primer recuerdo de mi vida.

Era una niña muy pequeña, no había cumplido ni tres años, era una tarde de primavera y junto con mi madre y mi hermana fuimos a una residencia en la que las monjas cuidaban de los ancianos. Fuimos a visitar a mi bisabuela, una anciana muy viejita muy triste y enfadada, con la que años más tarde me volví a encontrar, pero yo ya era mucho mayor y ella había muerto.

miércoles, 23 de junio de 2010

LO DE ANTES


La infancia no fue fácil, desde pequeña encerrada en un cuerpo imperfecto. Obesidad, cara poco agraciada, pelo muy largo; siempre sujeto por dos trenzas, de color castaño y sin brillo, ni lacio ni rizado, apagado y triste. Cuando tenía que comprar ropa siempre tenía que recurrir a tallas grandes. Su corazón era enorme, siempre sonreía incluso cuando estaba triste, siempre hacía ver que no le importaba su aspecto, aunque en ocasiones se sentía como un cardo en mitad de un jardín de rosas. Solía estar entre los raros, aunque en el fondo admiraba a los populares y divertidos. Hacía reír, aunque sus frases y comentarios no eran especialmente elocuentes. Nunca se miraba al espejo porque sus formas eran tan amorfas que no reconocía donde terminaba su cintura y empezaba las caderas.

Pero a pesar de todo, se sentía feliz. Era feliz de vivir en un pequeño piso junto con el resto de la familia, eran seis. Se sentía protegida durmiendo con sus dos hermanas. Le gustaban las colchas con enormes flores rojas y anticuadas incluso para la época.

Sabía que la genética no había sido muy generosa con ella. Había heredado las piernas de su abuela, los pies pequeños y la piel blanca de su padre, el cuerpo de su madre, difícil de controlar. Poca inteligencia y menos capacidad de aprender. Pero aún así se sentía orgullosa de ella misma, porque su constancia la hacía conseguir muchas de las cosas que se proponía. Se sentía una enana en un mundo de gigantes y como un pez dentro de una de esas peceras redondas, pequeñas, donde no hay ni una triste planta de plástico.

Pero aún así, aún en aquel mundo fabricado para otros y donde ella no encontraba su lugar, sentía que era un ser especial. No sabía lo que era, porqué buscó y buscó, y durante toda su niñez y parte de su adolescencia no lo supo ver.

Nunca destacó en nada, dibujaba tan mal que no era capaz de que una pelota, pareciera una pelota. Le costaba entender las matemáticas y cuando tenía que escribir parecía que las palabras se le quedaran atascadas en el cerebro. Cualquier deporte que intentaba, aunque se esforzaba, le parecía que había sido pensado para fastidiarla y nunca, nunca jamás consiguió que ningún profesor hiciera ningún comentario agradable dirigido a ella. Era como un fantasma que ocupaba su pupitre y se limitaba a estar, eso sí, sin molestar, sin hablar y sin dar pie a que se preocuparan por ella.

Pero aún así, aún siendo una parte provisional de la vida de los demás, muchos la querían. No la trataban con crueldad, era tan insignificante que ni eso parecía necesario. Pero tampoco nadie la invitó jamás a ninguna fiesta de cumpleaños o fiesta pijama. Era una sombra que esperaba el momento para dejarse ver tras un foco de luz.

Lo que más le gustaba era leer, leía todo lo que caía en sus manos y cuando lo hacía, siempre era la protagonista, siempre vivía las aventuras que imaginaba y siempre era una persona diferente según la ilustración de la portada.

Pero el tiempo pasa y lo real se vuelve fantasía y empiezas a vivir intentando protagonizar tu propia historia. Y un día te miras al espejo y ves más adentro que ayer. Y ella consiguió ver aquello que había permanecido oculto tanto tiempo, aprendió que lo superficial es lo que nos lleva a equivocarnos. Durante mucho tiempo se buscó, ya no necesitaba refugiarse en los libros explicados por otros, ahora hacía ella misma su propia historia, era capaz de fabricar un mundo donde todos tuvieran su lugar ideal. Supo como mirar dentro de las personas, buscar lo que quería y sacarlo. Aprendió que la mejor recompensa era dar siempre aquello que los demás necesitaban de ella. Y por fin, su mundo ocupó el lugar que le correspondía dentro de un universo diferente y lejano. Aún así construyó a su alrededor una pared muy alta, un muro de contención de sus propios sentimientos, y siguió viviendo su vida dedicada a inspeccionar su interior y el de los demás, simplemente porque era lo que se le daba bien.